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Mayo
Que un advenedizo te diga que beber cervezas al solecico en el Planufer no es el “auténtico Berlín”

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Mayo

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(Esto se repite mínimo una vez al mes).


01
Mayo

El 1 de mayo en Kottbusser Tor.

25
Abr





20
Abr

Estoy tan impresionada con lo que me acaba de pasar que he llegado a casa y me he puesto a escribir. Son las 3:20 de la mañana de un viernes primaveral que pide lujuria, baile y desenfreno y yo… yo vengo de un velatorio.
Resumo desde la tarde porque he de hilar la historia para que ustedes entiendan y comprendan mi desazón y desconcierto.
Hoy quedé para cenar en casa de mi amiga Jennié, porteña divina, guapísima e inteligente que cada poco organiza una cena de mujeres en su casa. Es en el barrio, llego en bici desde casa en dos minutos, todo bien. Tralarí. Llevamos vinos, quesos, picoteos variados para cenar sentadas en su alfombra de largo pelo mullido y acogedor, donde hacer la croqueta a gusto y hablar de todo lo que se nos ocurra mientras descorchamos botella de vino tinto tras botella de vino tinto. Son geniales estas cenas. Sólo se habla de cosas elevadas, pero siempre en castellano, y si acaso algo de inglés. Como veis… ¡no progreso!
El caso es que esta cena era diferente porque teníamos como invitado especial a un amigo, hombre, también de Buenos Aires y que se va mañana de vuelta. Aquí el amigo llevaba de ruta por media Europa y norte de África casi un mes y su última escala era Berlin, y tras una semana escuchando historias de la II Guerra Mundial, viendo pedruscos egipcios y bebiendo cerveza caliente hoy era la super despedida con promesa de fiestacataca en el horizonte. Altas espectativas.
El propósito de la salida de esta noche era acabar en el Kit Kat haciendo el mal. Yo nunca he ido al Kit Kat, y tenía grandes esperanzas puestas en el asunto, que se me truncaron al conocer el precio de la entrada. A algunos les parecerá una gilipollez, pero yo estoy absolutamente al borde de la indigencia, así que preferimos arrimarnos al plan alternativo más candente y apetecible que era: La Fiesta en Casa de Alexánder. Me convino más por varias razones a parte de la económica y la geográfica (era al lado de mi casa) y es que me enteré de que aquello del Kit Kat es un desmadre al que yo no estoy acostumbrada, no porque yo me asuste de nada, si no más bien por mi interés en no asustar a los demás. Básicamente puede pasar que en un descuido te veas en paños menores, y yo llevo practicando la estrategia del erizo todo el invierno, esta primavera me ha pillado de sorpresa y no estaba preparada para el despelote, en caso de que llegara el histórico momento. Que no, que paso. Pagar un morterón y encima ir pinchando a los usuarios. No gracias. A la Casa de Alexánder se ha dicho. Pero… quién es Alexánder? Vengo de su casa y todavía no me quedó claro quién es. Bien podía ser una seta de las que por allí abundaban porque la verdad…
Nada, estábamos en la cena, y al ver que el Kit Kat Plan se desvanecía como lágrimas en la lluvia tiramos del siempre socorrido Facebook a ver a cuántos eventos nos habían invitado esta noche de lujuria, baile y desenfreno. La anfitriona dijo que estaba invitada a la Fiesta de la Casa de Alexander, y que le habían dicho que eran la Birne. Berlin, fiesta en casa de un Puten que por lo visto tiene un casoplóns y encima organiza unas fiestas míticas. Pues nada, para allá que vamos, que se puede ir caminando y así el amigo de Buenos Aires puede volver diciendo que vivió la noche berlinesa a tope de power, en una casa con dj, lujuria, baile y desenfreno. Eso era lo que esperábamos, eso era lo que suelen ser las fiestas en casas que tienen 200 invitados confirmados en FB. Lo digo porque lo se, he estado en muchas fiestas en casas donde la cola del baño llegaba al portal. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Creedme… se lo que me digo. Las espectativas no eran falsas.
Terminamos de cenar, agarramos la botella de vino que nos sobró y fuimos caminando, bajo el cielo estrellado de este fabuloso Berlín primaveral y desenfadado. Todo hay que decirlo que dudamos mucho antes de salir si finalmente acudir o no a la fiesta, ya que la conversación, la música y el ambiente en esta cena de mujeres (y un hombre) era de lo más GUAY. Pero nos decidimos porque pensamos que la noche no podía más que mejorar. ERROR. Nos fuimos dando un paseito y al llegar Jennié nos dijo: Hay que subir muy en silencio, porque se ve que en el edificio hay niños pequeños y no es plan de hacer ruido al subir. Y bueno, todo bien. No nos costaba nada guardar silencio hasta subir al guatecasssssso. Un piso. Silencio. Es más, podría decir lo siguiente: silencio sepulcral. Gente bajando, nosotros subiendo. ¿Dónde coño es la fiesta que no se escucha nada? Aquí, es aquí. Ok. Entramos y ¡STOP! Quítense los zapatos. Bueno, me los quito. Sí, quítatelos porque no se puede hacer ruido. Ya, bueno… llevo Converse…
Logramos pasar del hall y entrar por fin en “la fiesta”. Panorama: una quincena de personas sentadas en silencio, mientras de fondo sonaba algo parecido a Lana del Rey o Radiohead o algo del tipo banda sonora para cortarse las venas. Entramos tan pichis, con nuestra botella de vino y todos pusieron sus ojos llenos de una mirada absolutamente censuradora en nosotros. Acero azul. Sus ojos decían “latinos ruidosos”, sus bocas escupieron un sibilante: SHHHHHHIIIIIIIIIIIIIII!!
El guatecassssso en casa de Alexánder era en realidad una especie de triste velatorio en el que ya no quedaba bebida, y donde todos tenían cara de estreñidos. Cada movimiento o comentario nuestro era seguido de varios SHHHHHIIII escupidos por uno o más de aquellos dolientes. Más de uno acompañaba el Shhhhhh con un dedo en los labios, como la foto de las enfermeras de las salas de espera. MUY FUERTE. Nunca me vi en una así. El vino se lo bebieron ellos y nosotros, como no teníamos dónde sentarnos nos sentamos en el suelo, sin saber muy bien si hacíamos lo correcto. El salón era enorme, vacío de muebles y casi que sólo con sillas y butacas pegadas a las paredes y estaba dividido en dos partes. La parte del fondo tenía un piano, encima del cual había un equipo de dj. Tanto despliegue, tanta tecnología para nada. Al final de la sala había una mesa, encima de la mesa un colchón. Ya está. Un velatorio. Ahí reposaba la muerta, hemos llegado tarde y se la han llevado ya, porque si no no entiendo qué clase de fiesta de mierda es esta donde me han traído.
La muerta imaginaria, a la cual bautizamos como Martita, dio mucho juego. Y por ahí que escapamos, porque si no ya me veo yo rezando un rosario. Martita dio más juego que los berlineses coñazos que dormitaban en esas butacas de terciopelo. Pero lo mejor estaba por llegar, no te vayas a creer que con los “shhhhhh” se acababa la cosa, no. Tras la deprimente música, alguien se arrancó a “pinchar” un tango, y allá que se lanzaron una pareja (bastante mal avenida) de berlineses, como si de una milonga se tratara y comenzaron a bailotear, haciendo cositas con los pies, girando, vuelta va, vuelta viene. Cada vez que giraban más rápido de la cuenta y alguno se tropezaba y emitía algún gruñidito del tipo “la cagué”, alguno de los que estaban sentados volvía otra vez a enderezar su dormida cabeza sólo para chistar. Yo ya no daba crédito. Al rato acabaron bailando la mitad de los censuradores acústicos, a un ritmo lento, como de perezoso fumado, y yo para joder no hacía nada más que hacerles SHHHHHHHHHHHHHIII, escupiendo un poco y con el dedo bien tiesito.
Duramos menos de 45 minutos en La Fiesta de La Casa de Alexánder. A nuestro pobre amigo de Buenos Aires le dije que mintiera como un bellaco y pusiera en Facebook que disfrutó a tope la noche berlinesa, no vaya a ser que encima de puta… apaleada! y al llegar a casa le hagan moving por ser tan pringado de acabar bailando tangos en Berlín.